lunes, 26 de mayo de 2008

Motel

Un motel al lado de una carretera secundaria. Un lugar gris. Sucio. Tres plantas en las que las puertas dan al exterior. Desde ellas se puede ver pasar a los coches. Balas de colores. Las habitaciones son pequeñas. Apenas una cama estrecha y dura; una pequeña mesa de metal que cojea; y un lavabo sucio y con olor a orín.
Te observo desde la ventana. Abajo, hay una piscina cercada por una vallita a modo de protección. Nada extraño teniendo en cuenta que sobre el agua flotan todo tipo de cosas. Desde un impermeable hasta al capó de un coche. Tú estás sentada en una desvencijada silla de plástico. Doblada sobre ti misma con el cuello de tu abrigo negro levantado. Hace frío. Miras a la piscina. Con el pelo despeinado. Ensimismada.
El agua sale caliente. Sobre la mesa hay una botella de Whisky terminada y restos de cigarros descuartizados. Tú estás sobre la cama. La luz roja que irradia la pantalla de la lámpara crea sobre tu cara una máscara espectral. Llaman a la puerta. Suave; con el puño. Te miro: no te has despertado. De puntillas, casi sin tocar el suelo, me dirijo a la puerta. Sé quién está detrás. Aunque prefiero asegurarme mirando por la mirilla: demasiados tiros pegados. Entra empapado; fuera la tormenta desborda la piscina que tú mirabas aquel verano. Hace unas horas.
Tengo el teléfono en la mano. Pesa. Sólo escucho y después cuelgo. Tú no estás. Hoy tampoco. Bajo las escalera metálicas. Me cruzo con un extraño que lleva una botella de ron en la mano. En la recepción el mismo gordo de siempre. Me recuerda que le debo dinero y me amenaza. Ni siquiera le miro. El sol es abrasador sobre la agreste llanura. En la piscina una vieja está en remojo; se mueve entre el capó y el impermeable.

Ahora, con mi piel quemada, sólo me queda buscarte de nuevo.

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