lunes, 5 de mayo de 2008

Global

Michael está sentado en su escritorio, enfrente de la ventana. A través de ella ve la calle, una como cualquier otra de las que forman ese puzzle de edificios llamado Manhattan. Michael está trabajando en esos momentos en un ensayo sobre la incomunicación, acerca de la frialdad de las relaciones en nuestra sociedad. De cómo cuarenta personas viven en el mismo edificio que él, pero no conoce sus nombres, ni siquiera ha cruzado un saludo con ninguno de ellos, ni ellos con él, pese a que se encuentran en esa angosta escalera todas las mañanas. Todos los días. Y ese pequeño pelirrojo. De quién es hijo, quién le viste de esa manera tan estrafalaria. Y el viejo que camina en polainas por la acera, de arriba abajo, una y otra vez, sin descanso, de dónde ha salido, por qué nadie le dice que se calce unos buenos zapatos contra el frío. Michael vuelve a la escritura, mientras, el pelirrojo bota su balón de baloncesto y Manhattan se agita como un monstruo tumbado boca arriba.

Punto y aparte. Dirk está sentado en un banco del Puerto Olímpico. Agradece ese sol mediterráneo en pleno diciembre. El olor a salitre le despierta los pulmones. Sobre las rodillas, Dirk sostiene un cuaderno en el que toma anotaciones. Barcelona es como todas, piensa, y sigue recogiendo apuntes sobre el relato –quisiera que fuera novela- que va a escribir sobre un chico recién llegado a una ciudad desconocida para él y cómo le cuesta relacionarse con la gente, que no deja de verle como un extranjero. En realidad siempre se ha sentido de esa forma. Barcelona también es así, se repite. Una señora, ataviada con un abrigo de visón, deja caer un par de monedas junto a sus pies con gesto desprendido. Barcelona también es así. Sí que lo es.

Un café con leche, pide Boris –en alemán claro, que pare eso está en Berlín- mientras hojea el diario. En la mesa de enfrente, una morena muy atractiva le mira a intervalos regulares. Boris se turba, nota como el calor va conquistando sus mejillas. Ella se recrea en la situación. Se divierte viendo como él está rojo y en la calle los termómetros no suben de diez bajo cero. Así permanecen un largo rato, apenas separados por unos metros, sintiendo una atracción que casi se vuelve material. Al cabo de unos diez minutos, Boris se levanta y paga en la barra. Al ir hacia la puerta pasa junto a ella. Sus miradas se chocan, literalmente, y en su estómago se produce un cataclismo de consecuencias incalculables. Él roza ligeramente su brazo con la mano al pasar. Ella gira la cabeza, levemente. Se abre la puerta. Frío. Se vuelve a cerrar.

Sus ojos rasgados se reflejan en la pantalla de su portátil de última generación. Está viendo fotos de Manhattan. De sus bocas de riego, sus taxis amarillos y de sus rascacielos, siempre sus rascacielos, aunque ahora haya dos menos. Akira sabe que va a ir allí. A escribir. Sabe que no hay nada como Tokio para experimentar el vacío y la soledad. Pero se le ha quedado pequeño. Él quiere sentirse solo de verdad. En un sitio desconocido, quizás inhóspito. Y escribir desde ese prisma su mejor texto. Un texto sobre la individualidad del espíritu. Quizás sobre el egoísmo y la soledad. En Manhattan uno es una aguja en un pajar tan grande como cien mil campos de fútbol. Y él quiere eso, ser una de esas millones de agujas que, en realidad, no buscan ser encontradas. Estar siempre en fuera de juego.

El apartamento es grande. Demasiado para nosotros, se había cansado de decirle desde que decidieron comprarlo. A ella siempre le había parecido un exceso. Pero él sólo quería ver desde su ventanal la cúpula de la galería, las palomas de la plaza del Duomo. Ahora, ese tamaño se ha convertido, en gran medida, en una tabla de salvación. Ella ya no le tolera. No es que haya desaparecido la atracción o el deseo, no es que el cariño se haya volatilizado, es que le repugna. Y en virtud de ese sentimiento, ella se siente con todo el derecho a esconderse en aquella casa endiabladamente grande. Y él no la encuentra, por más que la busque, porque ella se cuida muy mucho de que así sea. Se conoce el laberinto de memoria. Sus esquinas, sus puertas y ventanas, las trampillas. No quiere verle la cara, no quiere oírle, y para eso le basta con esas habitaciones estrechas y largas, con esos pasillos enrevesados pintados de un blanco puro. Ella se funde con la casa. Esas paredes se la tragan, la engullen cada vez que ella lo necesita. Nunca le ve, y viven juntos, bajo el mismo techo abovedado. Podría buscarla años, que nunca la encontraría. Milán no es una ciudad, es una casa con mil puertas secretas.

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