martes, 22 de abril de 2008

Instantaneas


(foto: Roger Guaus)

Un parque lleno de niños jugando en atracciones metálicas, con abrigos fluorescentes y gorros de escalador. Todo bajo una luz intensa, como si el sol estuviera enfocando de manera especial ese cuadrado con suelo de arena, separado de una realidad lejana y violenta por barras verticales que antes eran color arco iris y ahora están ennegrecidas. En los bancos, fuera del recinto, las lánguidas madres leen revistas de esperpentos vestidos de princesas, prometiendo que nunca jamás dejarán escapar otro tren.

Una cocina pequeña, estrecha, con una claraboya que muestra el cielo nublado, gris, como en una fotografía en blanco y negro. Es el cielo de Praga y la mirada intenta atravesar el cristal y pasear por sitios que nunca ha visto y descubrir cosas que nunca verá y beber cerveza en bares oscuros e históricos. Pero no, sólo hay ese cubículo con muebles ajados, vasos y platos manchados y un lavadero que se ve mohoso pese a la falta de color del fotograma. Habrá que esperar para descubrir a Frank. Una vez más.

Y un pájaro muerto sobre la acera, encima de una pequeña y espesa mancha de sangre. A su alrededor pies vestidos con zapatos multicolores que lo esquivan. Un bosque de piernas que pasan observando la muerte alada, que en pocas horas será desahuciada de su trozo de ciudad por una pala metálica y herrumbrosa, junto a envoltorios y colillas de cigarros. Pero para entonces los pies calzarán ya suaves zapatillas de lana sobre alfombras mullidas, dentro de cajas de zapatos, tan idénticas como faltas de alma.

Sólo un vaso de plástico, aún con vino mezclado con cocacola, en la soledad del frío suelo de un apartamento céntrico. Un resto de una noche despreocupada y sin freno; diez horas de entrega y vicio dentro de treinta y ocho metros cuadrados con música envolvente. Dos cabezas dispuestas a triturar todo y no pensar en nada, al menos durante ese tiempo de aislamiento íntimo. Sólo dos cuerpos, dos sexos y el alcohol. Dulce paraíso en una isla en medio de la azarosa ciudad de neones sobre rascacielos de ojos rasgados. Tan hostil; tan ajena.

La cama revuelta, con sábanas marrones, en una habitación mínima y casi a oscuras. Alrededor, cajas selladas que guardan una vida y prometen otra distinta en un lugar desconocido. Ni un mueble, ni un alma, sólo cartón sujetando como un dique una realidad que se antoja difícil. En cada una, trazos azules que recuerdan los contenidos vitales aún por auscultar. Retazos de lo que fue, pudo haber sido y quizás pueda ser. Partes de un todo que no es indivisible sino un puzzle de lágrimas y sonrisas tristes.

Una foto a través de una ventana. Al otro lado, una calle cualquiera de una ciudad cualquiera. Coches aparcados en batería al lado de árboles cuyas copas llevan en guerra cientos de años. A un lado una cancha de baloncesto. Vacía. Donde antes había niños ahora hay mierdas de perro reblandecidas por la llovizna, que deja todo el escenario especialmente gris, especialmente desalentador. Al otro extremo, el centro de desintoxicación, rodeado de zombis erráticos que vagan entre la neblina sin ningún rumbo, salvo el que les marca su ansia artificial.

2 comentarios:

las alas del alcaudón dijo...

Me atrae el hilo conductor que atraviesa tus seis rotundos párrafos

Noemí-San dijo...

Me gustan tus escritos y sobre el título del blog, dudo que no tengas futuro si escribes así!

saludos,