miércoles, 27 de febrero de 2008

Aunque la claridad venga del cielo
-y sea un don-
la oscuridad siempre viene de dentro de la piel,
la tuya o de los otros,
por eso la brea, el alquitrán,
se pegan en el cuerpo,
por pura simpatía por lo negro;
por eso la oscuridad no viene de abajo,
del averno, sino de otros
-que son nausea y centinela-
y de ti mismo, que te clavas los cuchillos
en la espalda y sin motivo
más que la pura destrucción de lo que existe.

Porque un hombre es un límite
del mundo, y después del límite
está lo oscuro. Porque tú y yo
no estamos en el mundo
sino asomados al borde que lo cierra,
inmersos en un lodo, en la tiniebla,
y no entendemos nada
y se pega lo peor entre los pliegues
del cerebro,
tan al fondo,
tan adentro.

2 comentarios:

marxela dijo...

Podría decir que me gustó muchísimo, pero sería poco.
HAy un encuentro de sensaciones entre las mías y las del texto que me asombre y emociona.
También me gustó muchísimo!

M. dijo...

De ahi el miedo de los hombres y a los hombres.