domingo, 13 de enero de 2008

Vapor y hormonas

Era algo así como una isla llena de neblina, nubes rosadas y firuletes
de color champán colgando de un cielo que no se veía.
Todas ellas estaban relajadamente acostadas en el suelo, vestidas
con suaves túnicas de sedas transparentes. Sus cabellos
eran castaños claros y sus ojos, los de Venus.
Había olor a vapor y hormonas y los sonidos formaban parte de
una melodía creada por las sirenas de los mares del norte.
En aquellos tiempos yo era amo y señor de esas tierras.
Mi castillo se ubicaba en una enorme burbuja apoyada en una
colina de espesa hierba color blanco, dorado y champagne.
Todas ellas eran ninfas del placer; musas de orgasmos y diosas
de la fertilidad.
En esos tiempos era amo y señor y ellas habitaban la isla sin ser
mis súbditas exactamente: eran las sereyas.
Yo las fecundaba y nacían más sereyas ávidas de más placer.
Generalmente hacía mis caminatas por la tarde, cuando una
bruma espesa de color crema se esparcía entre el aire y sus
cuerpos. Tendidas al costado del río espumoso y tranquilo esperaban
que yo pasara y escogiera a alguna para llevarla hasta
mi castillo y fecundarla entre orgasmos, jadeos y virilidad.
Yo era en aquel entonces un macho de gran fortaleza.
Por las tardes, con la bruma espesa de color crema, paseaba
por la rivera del río Órculo y miraba con mis ojos de fuego los
ojos de Venus de cada sereya.
Pasaban el día recostadas rozándose unas con otras; en un delirio
de masturbación lésbica. Sus cuerpos se frotaban y lamían
para satisfacerse hasta que yo llegara por la tarde y escogiera
una de ellas para llevarla a mis aposentos.
Allí, una cama de plumas y espuma -que flotaba entre las nubes
del suelo- se extendía para que yo poseyera a la escogida.
Cada tarde, cuando caminaba por la rivera del río Órculo, al
mirar a las sereyas con sus ojos de Venus excitadas, podía
sentir cómo cada una de ellas llegaban a la profundidad orgásmica
sólo por sentir la posibilidad de ser la escogida.
Caminaba con mis ojos clavados en los suyos, sintiendo la vibración
de cientos de sereyas excitadas; el aire espeso de hormonas
y la música de los mares del norte al compás de los jadeos.
Y yo, el único macho en toda la isla para poseer y fecundar a
una sereya cada día.
A pesar de ser todas exactamente iguales, con sus cabellos castaños
y sus ojos de Venus, cada una era hermosa y excitante en
diferentes formas. Por alguna razón escogía a una y no a otra.
Luego me iba con la sereya elegida a mi castillo.
Una vez allí, le arrancaba sus sedas transparentes para disfrutar
de toda su piel vibrando de excitación.
Allí mi enorme miembro la penetraba mientras mis manos acariciaban
el resto de su belleza.
Las sereyas eran particularmente calientes, lujuriosas y fértiles.
Sólo con poseerlas, quedaban preñadas. Y así nacían más y
más sereyas excitantes, lujuriosas y lésbicas.
Allí, su padre y su amante las poseía y las reproducía.
Solía bajar por las tardes a la rivera del río Órculo y escoger a
una para satisfacer todas mis fantasías.
Otra interesante particularidad de las sereyas es la de transformarse
según los deseos de quién las posee.
Aún recuerdo cómo sus cabellos castaños se podían ver rubios,
negros, lacios, ondulados. Sus ojos de Venus podían ser celestes,
marrones, verdes; daba igual, siempre eran los ojos de Venus. Y
una estrella que tenían bajo el vientre se podía convertir
en la vagina más hermosa, rosada y húmeda que cualquiera
haya podido imaginar jamás.
Las sereyas eran tan hermosas, como lujuriosas. Pasaban el día
disfrutando del placer de rozarse y delirando con ser escogidas
por mí para ser poseídas, amadas y fecundadas por el único
macho que habitaba la isla.

Fui amo y señor de esas tierras espumosas, hormonales y mágicas.
fui muy feliz mientras las sereyas habitaron la isla. Su cantidad
aumentó y tuvieron que ir por un sitio con más espacio. y
más machos.

1 comentario:

Velocet dijo...

Con tanta sereya suelta (y tan suelta!) creo que yo no tendría tiempo para caminatas en ese lugar... ^^'