martes, 8 de enero de 2008

mi único enemigo

Me miró con su rostro huraño y seco. Con su indiscutible y comprensible temor. Con su jugosa idioscincracia.
Sus ojos lagañosos proyectaron años de soledad, de noches infinitas; años de labios parcamente cerrados; y brazos y pies prácticamente atrofiados.
.un puño des-controlado de furia. (Guardado en el bolsillo.)
Yo llegaba con Agustina y Joaquín -de sólo seis meses-. Llegábamos de afuera: sólo eso importaba y daba sentido a todo el odio y el temor de aquel rostro inundado de soledad.
Llegábamos en un viejo coche; con buena suspensión y mala carrocería. Agustina tenía los pechos hinchados de tanta leche guardada. Joaquín, miraba azorado desde su llanto aquel remoto paisaje. Todavía recuerdo los cabellos de Agustina sobrevolando en rizos desafiantes la inmensa quietud.
Él nos miraba desde lejos, …siempre lejos. Observó cómo llegábamos, cómo bajábamos del coche. Observó nuestros rostros intrusos. Nuestra alegría desafiante. Observó con sus ojos bizcos la sonrisa incrédula de Agustina y la inocencia práctica de Joaquín. Me miró cómo el líder de una manada de animales salvajes; animales de boca húmeda y garras que venían a comérselo todo.
Mientras bajábamos nuestras valijas; el calor del viaje y las desilusiones, él también nos observaba.
Debo confesar que sentí temor hacia aquel hombre. Llegábamos con Agustina y Joaquín (a pocos meses de nacer) a vivir a un pueblo prácticamente fantasma. Y lo de prácticamente era sólo por la existencia de nuestro único vecino. Él cuál nos sabía sus únicos enemigos.
En cierta forma, lo éramos: él vivía desde hacía años allí completamente solo. Había visto a morir a sus padres, a sus hermanos y a sus tíos. Había visto morir a su mujer, a sus cuñados y a sus conocidos. Había visto marcharse a sus hijos y a sus sobrinos. Todos se habían ido. Todos habían escapado de la maldita posibilidad de ser el último.
Con años de dolor, él había logrado -auque sea- esa última victoria: haber sido el que vio morir a todos. Su único premio era la soledad. La única confirmación de aquella victoria era la indiscutible soledad de días y meses y años.
Y llegábamos nosotros. Tres seres llenos de vida y ruidos, llegábamos a destruirle su preciado tesoro.
Habíamos comprado una casa abandonada y destruida - destruida por los mismos años de soledad- por unos pocos euros. Pretendíamos restaurarla y convertirla en un hospedaje para turistas solitarios.
Aquella primera noche casi no pude dormir. El llanto de Joaquín, el calor seco y aquella mirada metida entre las sensaciones flecharon mi noche en un insomnio angustiante.
No podía dejar de pensar en la noche infinitamente sola que nos rodeaba.
Una noche sin almas. Sin ruidos.

Por la mañana ya nos observaba. Su mirada desafiante se enterraba en mis pupilas. Joaquín lloraba desconsoladamente. Agustina ya no sabía qué hacer para calmarlo. El niño no quería comer, ni dormir, ni jugar. Parecía sólo querer llorar.
Aquel segundo día Joaquín sólo lloró y gritó. Y al caer la noche una fiebre intensa atacó su cuerpecito. Agustina estaba angustiada. Y yo… yo no podía dejar de sentir que aquel hombre nos seguía mirando.
Pasamos horas de la madrugada bajando la fiebre de Joaquín y por fin, al amanecer pudo dormirse. Sin fiebre, pero con aquella mirada de nuestro vecino penetrando por la ventana de la única habitación habitable de la casa.

Pasamos días y meses y años trabajando en aquel proyecto. Fueron días difíciles. Algunos extremadamente alegres y otros funestos e imposibles. Hubo días en los que odié a Agustina, a Joaquín y hasta a mí mismo. Tuve el odio y la desesperación más agobiante que jamás haya sentido. A veces el trabajo y la existencia parecían no poder congeniar.
Todo lo hacíamos Agustina y yo. Trabajamos completamente solos yendo semanalmente a buscar materiales a la ciudad más cercana. Gastándonos el dinero que nos había dejado mi padre al morir.
Aquella casa era un inmenso muro de trabajo abriéndose paso entre la soledad y el horizonte.
Congeniaba los primeros años de Joaquín, nuestros odios; un amor esférico entre tres seres prácticamente solos. Y lo de prácticamente solos era por aquella mirada. Años construyendo y trabajando, años pendulares; años en los que siempre estuvimos observados por aquel ser infinitamente solo. Nos miraba todo el tiempo. Odiaba nuestra casa. Odiaba ver cómo crecía Joaquín. Cómo se convertía en un niño fuerte y sano. Odiaba a Agustina, con su felicidad ilimitada, con su frescura insolente.
Y más que a nada, más que a su eterna soledad, me odiaba a mí. Sabía que todo aquello era mi idea.
Sentía en el olor de mi transpiración, la culpa implícita de haber destinado a mi familia a una lucha de miradas; metidos en un lugar imposible. Llenos de fiebres nocturnas, diarreas de siesta y hambre y cansancio.
Me sabía el único responsable de todo aquello. Había traído mi manada a su territorio.
Vivimos cinco años en aquella casa. Restaurándola, convirtiéndola en un lugar increíblemente hermoso.
Ya casi estaba todo terminado cuando una fiebre increíble atacó a Joaquín. No nos preocupamos demasiado, era una de las tantas fiebres de todos aquellos años. Agustina lo recostó en la cama y le puso paños fríos durante todo el día y toda la noche.
En la oscuridad silenciosa de aquella noche, pude escuchar el llanto desconsolado de Agustina. Lo había escuchado muchísimas veces, y lo había visto entre lágrimas y puteadas muchísimas más. Pero aquella noche era diferente. Un llanto compulsivo y reflexivo explotaba entre las estrellas y los grillos… También escuchaba palabras… De Joaquín y de Agustina… Se decían cosas mutuamente y supe que se acariciaban y se consolaban… Me levanté y hurañamente vi cómo eran felices sólo por estar juntos. Madre e hijo compartiendo la felicidad de sólo estar cerca. No necesitaban de proyectos, ni de casas restauradas. Sólo estar cerca hacía curarse a Joaquín y reír a Agustina. Los miré hurañamente durante una hora, hasta que el sueño me obligó a acostarme.

Por la mañana siguiente, cuando me levanté no había nadie en casa. Sólo aquella mirada vieja y siempre presente. Recorrí toda la casa y no encontré ni a Agustina ni a Joaquín. Salí al patio y tampoco.
En un momento de comprensión y aceptación revisé los roperos de ambos. No había nada.
Se habían ido. No dejaron nota, ni mensaje. Estaba claro: no podían más.
Salí a la vereda con mi banquito. Me senté al lado de la puerta a mirar a mi único vecino: a mi único enemigo.

1 comentario:

M. dijo...

Muy bien. Muy cinematográfico. Y muy bien resuelto. Quizás solo sea una impresión mía, pero las palabras se transormaban en imágenes y sonidos: la casa en el pueblo, el silencio roto en el pueblo, los ojos que miran.