sábado, 17 de noviembre de 2007

cuento (de marxela)

Me senté en la mesa que el camarero había dispuesto. El mantel blanco bien estirado sobre la áspera comodidad. Las copas dispuestas, los tenedores pulcramente pulidos con las puteadas por tan absurdo trabajo.
Miré la carta con la astucia que necesitaba mi organismo. Debía encontrar un menú sin calorías, ni colesterol, ni fritos ya que mi estómago, mi hígado, mi sangre… todo mi organismo estaba… ¿cómo decirlo?... en estado de putrefacción!
Por otro lado, mi lengua, mi gran amiga del sabor, no había perdido la inoportuna e increíble sagacidad para distinguir entre un buen trozo de queso de cabra y un magro sin sal. Tenía la molesta vigilia de sus papilas gustativas a toda hora; ni siquiera descansaba en aquellos crueles momentos en los que el dolor se apoderaba de mis ojos y mis manos abrazando el estómago.
Sentí en una conciencia infantil, la diversión de las paredes circulares del salón, las grandes lámparas esféricas y blancas colgando de aquel techo impregnado de las pequeñas exhalaciones de grasa y vapores de los platos servidos.
Después de un rato sonriendo entre los dientes y la lengua, el salón redondo me hacía sentir un poco mareado; como si hubiese sido niño por un momento y hubiese dado vueltas y vueltas sobre mí mismo; y en el momento en el que mi cuerpo se detenía, volvía a ser otra vez aquel hombre mayor solo. Sentado en un restaurante de paredes circulares que sólo se sentía mareado.

Sentí que había escogido la opción más ecuánime que había en la carta, lo que más se acomodaba a mi bipolar organismo. Tomé un poco de agua; me sentía incómodo. Vi a un comensal que se indigestaba con un plato de tallarines sobando en una salsa aceitosa; me dio un profundo asco la escena. Vi cómo enrollaba la pasta en su tenedor y luego engullía aquella pastosa combinación de aceite, tomate y harina. Al otro lado del salón, una mujer mojaba abruptamente sus labios con “el vino de la casa”, aquel brebaje seguramente lleno de antiguas mesas servidas.
En una esquina del salón, una muchachita de unos veinte años, revolvía con la plateada cuchara su mouse de chocolate hasta poder eliminar la culpa de tan calórico postre.
El camarero parecía no venir nunca con mi plato, y me conformaba pensando que si demoraba, era porque no sería un plato recalentado.
Tomé un poco más de agua; me sentía cada vez más incómodo y mareado. Las luces del salón brillaban entre la espera. Vi a un comensal que se indigestaba con un plato de tallarines sobando en una salsa rojiza y aceitosa; me dio un profundo asco la escena. Vi cómo enrollaba la pasta con su tenedor brillante por aquellas pequeñas e indescifrables conquistas de la luz. Aquellos brillos superpuestos que tienen los metales. Luego engullía aquella pastosa combinación de aceite, tomate y harina. Se acercaba y se alejaba de su plato; moviéndose como un animal gomoso. Al otro lado del salón una mujer mojaba abruptamente sus labios -que empezaban a parecerse dibujados- con “el vino de la casa”, aquel brebaje seguramente lleno de pequeñas partes de antiguas mesas servidas.
En una esquina del salón, una muchachita de unos veinte años, revolvía su mouse de chocolate hasta poder eliminar la culpa de tan calórico postre. Los movimientos circulares de la cuchara dejaban flotando en el aire pequeños espirales de un brillo singular, un brillo alimentado por la camarera que pulió (entre puteadas por tal absurdo trabajo) aquel instrumento del placer.
En un momento, se abrió la puerta de la cocina y mi camarero salió con una bandeja, y en el espacio de aire caminado, pude ver el reflejo de la cocina del restaurante como entre soplos de humos, vapores y prisas.
Yo alisté mis manos, pero se dirigió inmutablemente a otra mesa, para servir a dos señoras que seguramente también habían necesitado de astucia para escoger sus menús.
Sinceramente, me sentía defraudado. Había sido amable con el muchacho; y él parecía haber entendido que estaba hambriento. Hasta prometió avisarle al cocinero que no pusiera nada de sal en el plato y yo pensé en una buena propina para acompañar al cordial saludo. Creo que hasta pensé en una palmadita en la espalda.
Tomé un poco de agua; me sentía terriblemente incómodo. Vi a un comensal que se indigestaba con un plato de tallarines sobando en una salsa aceitosa; me dio un profundo asco la escena. Vi cómo enrollaba la pasta en su tenedor y luego engullía aquella pastosa combinación de aceite, tomate y harina. Pude sentir su estómago sudoroso por tan arduo trabajo. Aquella liquidez y temperatura interna de los cuerpos luchando contra los resbalosos elementos oleosos. Creo que hasta pude percibir los fluidos indiscriminadamente exhalados con tal de aglutinar aquella ingesta. Para convertirla en una parte más de todo el organismo. Al otro lado del salón una mujer mojaba abruptamente sus labios con “el vino de la casa”, aquel brebaje seguramente lleno de antiguas mesas servidas. Supe de su pequeño mareo ebrio, de sus desdichas de alcohol, de su ternura construóda con las burbujas del champán en las primeras cenas navideñas de su juventud. Aquellos primeros años en los que su cuerpo empezaba a tolerar el gusto del alcohol. Vi sus ojos tímidamente pupilosos, vi los túneles espiralados de su femenina seducción.
En una esquina del salón, una muchachita de unos veinte años, revolvía su mouse de chocolate hasta poder eliminar la culpa de tan calórico postre. Su cuerpo exhalaba manchas amarillas de tristeza antigua o mejor dicho, angustia. Sus pequeñas lágrimas invisibles se hacían felizmente visibles para mis ojos. Pude ver su alegría guardada, sus esperanzas afortunadas de ser elegidas por el destino. Por ese destino descifrable desde las sonrisas, aquellas sonrisas hermosas que configuraba su rostro joven. Con todos los pasados de las mujeres de su vida y de los hombres de su vida.
Y el camarero; mi camarero; jamás llegaba con mi plato. Sentí una profunda sensación de desasosiego, era un pobre hombre al que nunca le traerían su plato de comida magra, sin sal, sin fritos, ni colesterol. Todos comían, todos seguían allí, en una especie de camino en el que yo no podía participar
Me sentía profundamente mareado. Todo se movía en círculos, todos éramos un gran plato de pasta con salsa aceitosa del que alguien se alimentaba. Sudaba y me calmaba a mí mismo, pero no conseguía nada.
Tenía un huracán dando vueltas abruptas; soplando los latidos más antiguos de mi pasado, de mis días. Todos esos días en los que había sido un niño, un joven, un hombre. Vi toda aquella experiencia vital. Todos aquellos pequeños fragmentos de los hechos que siempre había recordado. Las pequeñas situaciones perpendiculares a las que mi conciencia siempre había prestado más atención
Sentí aquella humedad implícita de los labios de María, las manos de cebolla picada de mi madre, los absurdos comentarios de aquella mujer que visitaba a mamá. Sentí una gran feminidad implícita. Un gran extremo de naturaleza vital. Una inequívoca sensación de placer. Me hice hombre nuevamente, me hice dios otra vez y una vez más todavía
Fui un cruce del destino en las vidas de algunos. Un suceso más en una espera de autobús, en una biblioteca. Recordé todos los seres que fueron pedazos colgados de mi vida. Los cientos de niños que había visto en el colegio que estaba frente a mi casa de casado. Sentí la humedad de las paredes que daban sobre la calle constitución.
Experimenté otra vez aquella sensación de haber sido yo durante toda mi vida. La exquisita sensación de que siempre fui yo el que viví en la tierra. Que siempre voy a ser yo. Toda esta luz que siempre me acompañó. Toda esta cordialidad esférica, todos estos espirales, todas las líneas curvas de mi vida, y el placer de haber sentido las curvas líneas de María.
Por que todo es esto, esta redondez del mundo, este círculo infinito en el que nos hemos sentido muchas veces el protagonista, el único ser; es un círculo, una línea azul que se extiende por todo el perímetro de un hermoso plato de porcelana blanca con un menú que todavía no se si comeré: un enorme champiñón sin cocción sobre una porcelana blanca con una línea azul dibujada alrededor de su perímetro.

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